Estoy seguro de haber cometido algunos errores a lo largo de mi vida profesional, pero estos podrían haber sido graves y fatales. Llevo treinta años metiendo la nariz en escenarios complicados y caminado por charcos donde a menudo uno se puede encontrar con trampas de elefantes, pero gracias a uno de mis profesores todavía no he caído en ellas. He estado a punto de hacerlo en muchas ocasiones, casi todas las semanas me asomo a algún precipicio, pero gracias a la ética he aprendido a retirarme a tiempo. A cumplir un protocolo y unas exigencias que garanticen que estoy haciendo bien mi trabajo.

El hombre que me ha servido de guía en el terreno de arenas movedizas por el que muevo desde hace 30 años tenía una mirada tierna y transparente, hablaba suave y pausadamente. No expresaba demasiado sus emociones, cuando podría habernos dejado anonadados con sus historias personales, pero en sus clases magistrales convencía como nadie y nos señalaba el camino recto. No es fácil olvidar los ojos de Luka Brajnovic escudriñándote a través de sus inseparables gafas. Tengo grabado ese recuerdo, esa mirada limpia e interesante, y confieso que es muy agradable.

Entonces no imaginaba que la ética y la deontología profesional serían tan importantes en mi trabajo. No sabía que iba a dedicar casi toda mi trayectoria profesional al campo del periodismo de investigación donde puedes lograr con tu trabajo que un delincuente como Luis Roldán, ex director de la Guardia Civil, sea condenado a 31 años de prisión o destrozar la vida y reputación de una persona o una compañía si te equivocas, si no cumples los protocolos, si no eres capaz de reconocer cada día que puedes equivocarte.

Durante estos años, las lecciones de este maestro me han servido de mucho. Me han ayudado a dar una importancia capital a la ética que otros colegas, afortunadamente la minoría aunque algunos afamados, no suelen tener en cuenta. Don Luka nos enseñó que no todo vale para lograr una buena historia, que hay límites y fronteras, que el fin no justifica los medios, que no podemos engañar a los lectores con medias verdades. Que la opinión de la persona a la que vas a denunciar en uno de tus artículos es imprescindible. Que hay que ser humildes y reconocer nuestros errores.

Si la ética y la deontología profesional eran antes imprescindibles en el oficio de informar ahora son más necesarias que nunca. El periodismo vive tiempos turbulentos y difíciles. Internet y las redes sociales lo han cambiado todo hasta el punto de que más del cuarenta por ciento de los lectores digitales de los grandes periódicos acceden a sus contenidos a través de Google, Facebook o Twitter. Las noticias falsas están en pleno apogeo y el denominado periodismo de ficción vive una época dorada.

Hoy, las trampas de elefante son más grandes que nunca y algunos incautos se acercan al precipicio sin temor a equivocarse, sin calibrar el daño irreparable que nuestros errores pueden hacer,  porque la inmediatez parece curarlo todo.

Yo no estoy libre de caer en ellas, como cualquier otro, pero don Luka me enseñó a asomarme con todas las cautelas. Ahora que se acerca el centenario de su nacimiento, no olvido a este gran profesor, a este sabio callado y sencillo. Y confieso con orgullo que le estoy eternamente agradecido.

José María Irujo
Redactor jefe de Investigación de EL PAÍS
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