Roma es una ciudad fascinante, llena de contrastes. Así la veía Luka Brajnović mientras iba de aquí para allá buscando, sin éxito, un alojamiento y un trabajo para regular su situación:

Paso por una calle junto a una iglesia barroca cerrada que todavía no he visto y no se cómo se llama y pienso en esta ciudad, o mejor en el alma de esta ciudad.

 

En el Vaticano un anciano representa a Cristo y tiene una enorme autoridad, pero son pocos, muy pocos, los que armonizan su vida con lo que él dice.

 

En el otro lado de la ciudad se juntan grupos de políticos o demasiado viejos o demasiado jóvenes que juegan al Estado, se inventan una particular democracia, se pelean (sin armas), y no tienen nada en común con las tradiciones de esta ciudad.

 

En algún lugar, en un aislado rincón del Anfiteatro o del Coliseo, o Dios sabe donde (eso aquí puede pasar en cualquier parte) susurran dos jóvenes que quizá se han visto por primera vez y saben que no se volverán a ver, las más encendidas palabras de amor y siguen adelante mientras se extrañan de dónde les viene tanta desfachatez cazados en su propia trampa.

 

Junto a mí, cae muerto un pajarito desde la copa de un árbol porque un chico de un grupo en el que sus amigos gritan y se retan unos a otros le alcanzó con su tirachinas. Los viandantes se ríen, los chicos se alegran y a mi me recorre un escalofrío. Me da pena el pajarito… y la gente.

 

¡Oh si! Roma es una hermosa mujer llena de belleza clásica en el rostro y la figura.  Rica, ostentosamente y yo diría hasta lujuriosamente vestida, pero una mujer que se ofrece a todos.  Y, cuando se desviste, todo lo que queda es una bonita cabeza y un cuerpo podrido y mutilado que sus ricos ropajes escondían.

 

Eso es Roma. La Ciudad Eterna donde se reza mucho a Dios, donde Él espera en miles de altares, donde tantos y tantos funcionarios de toda condición  buscan la cima sin reparar en los medios, donde los niños matan a los pajaritos de las copas de los árboles…

 

Habría que buscar a la gente, pero se encuentra bajo masivas losas funerarias.

 

Por eso, amada mía, me gustaría estar lejos de todo este brillo y bullicio para poder pasear contigo en el silencio de la naturaleza por las lejanías interminables y soñar en la vida que ha desaparecido o en la muerte que aún no ha llegado.

 

Detrás de mi se quedó la tierra y yo todavía no he navegado hacia la lontananza

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